La lectura de las hojas de té
Piensa en tu pregunta mientras el té se enfría. Después apúralo, gira la taza tres veces y mira dónde caen las hojas: lo del asa es lo tuyo.
Pulsa las otras hojas para leerlas.
En Inglaterra y Escocia el té no se termina: se lee. La costumbre tiene siglos y hasta nombre culto — tasseomancia — pero en las cocinas siempre se llamó de otra manera: ver qué dicen las hojas. Se apura la taza, se gira tres veces sobre el platillo y se mira dónde han quedado pegadas las hebras.
La gracia del té — y lo que lo distingue de nuestros posos del café — está en el asa. En el café mandan las alturas: borde, pared y poso son tres tiempos. En el té manda la geografía de la taza: lo que cae junto al asa es tuyo y de tu casa; lo de enfrente viene de fuera; a la derecha del asa está lo que llega, y a la izquierda, lo que se marcha. La misma hoja no dice lo mismo en una orilla que en otra.
Los símbolos también son otros: el canon británico — la tetera del consejo, la abeja del trabajo, el faro que avisa, la urraca que esconde, la letra inicial que nombra a alguien. Aquí caen tres hojas por taza, cada una en su zona, y el oráculo señala la que más pesa; las otras dos se leen pulsándolas.
¿Es ciencia? No, y a mucha honra: es la sobremesa británica de las cinco en punto, la abuela mirando tu taza con las gafas en la punta de la nariz. Tómalo así — una pausa, una taza y una historia — y que las hojas te caigan bien.